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Evitaron detonarse y salvaron sus vidas


Raquel Segovia
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Las chicas que lograron escapar de Boko Haram. 

 
Un señor ayudó a Maryam, de 16 años, a despojarse de su cinturón de explosivo (Adam Ferguson para The New York Times).

Un señor ayudó a Maryam, de 16 años, a despojarse de su cinturón de explosivo (Adam Ferguson para The New York Times).

A Falmata B, de 15 años, le asignaron una misión suicida, pero no la llevó a cabo (Adam Ferguson para The New York Times).

A Falmata B, de 15 años, le asignaron una misión suicida, pero no la llevó a cabo (Adam Ferguson para The New York Times).

“No sé cómo quitarme esta cosa”, recordó Hadiza, de 16 años, haber dicho mientras se encaminaba a su misión.

“¿Qué vas a hacer con el tuyo?”, le preguntó a la niña de 12 años que iba junto a ella.

“Voy a alejarme y a hacerme explotar”, dijo la niña.

Todo sucedía con tanta rapidez. Tras ser secuestrada por Boko Haram el año pasado, Hadiza fue confrontada por un combatiente en el campamento donde la tenían como rehén. Quería “casarse” con ella. Lo rechazó.

“Lo lamentarás”, le dijo el combatiente.

Unos días después, fue llevada ante un líder de Boko Haram. Le dijo que iba a ir al lugar más feliz que pudiera imaginar. Hadiza pensó que regresaría a casa. Él hablaba del cielo.

El noreste de Nigeria, ahora en su noveno año de guerra con Boko Haram, se ha convertido en un lugar que teme a sus propias niñas.

De acuerdo con Unicef, al menos 135 niños fueron usados como bombarderos suicidas el año pasado. Cuatro adolescentes fueron usadas en múltiples ataques en Maiduguri el 31 de marzo, lo que causó su muerte y la de otras dos personas.

Un anuncio de servicio público en Nigeria retrata a las chicas como colaboradores de Boko Haram. Pero Th

w York Times entrevistó a 18 niñas que fueron enviadas por Boko Haram en misiones suicidas. Describieron haber sido secuestradas, mantenidas como rehenes y luego obligadas a emprender sus misiones con bombas.

A la mayoría de las niñas se le dijo que su religión las obligaba a llevar a cabo las órdenes. Y todas se 

resistieron, evitando los ataques al suplicar a ciudadanos comunes y corrientes o a las autoridades que las ayudaran.

Aisha, de 15 años, huyó de su hogar con padre y su hermano de 10 años, pero Boko Haram los atrapó. Los combatientes mataron a su padre y, al poco tiempo, vio cómo le sujetaban una bomba a su hermano y lo metían entre dos milicianos en una motocicleta que se alejó a toda velocidad.

Los dos milicianos regresaron sin él, vitoreando. Se enteró de que su hermanito había hecho estallar a soldados en un cuartel.

Más tarde, también a ella le colocaron una bomba, y le ordenaron que se dirigiera hacia el mismo cuartel.

Al igual que algunas de las otras niñas, Aisha dijo haber contemplado la idea de alejarse a un lugar aislado y presionar el detonador, para evitar lastimar a alguien más. En lugar de eso, abordó a los soldados y los persuadió para que retiraran los explosivos de su cuerpo, con delicadeza.

“Les dije, ‘mi hermano estuvo aquí y mató a algunos de sus hombres’”, dijo. “Mi hermano no era suficientemente sensato para saber que no tenía que hacerlo. Era sólo un niño pequeño”.

Otras niñas, cuyos nombres completos no han sido revelados por preocupación sobre su seguridad, tenían historias similares de terror y desafío.

A Amina, de 16 años, se le dijo que hiciera estallar a fieles en una mezquita. Pero al acercarse a la multitud, divisó a su tío, quien la ayudó a salvarse.

 

Maryam, de 16 años, dijo que recibió ayuda de un anciano que descansaba bajo un árbol. Los dos se gritaron desde una distancia segura, para que él pudiera interrogarla primero y ella le pudiera asegurar que no planeaba detonar los explosivos.

La mayoría de las chicas entrevistadas dijeron, al igual que Hadiza, que habían sido empleadas como bombarderas después de que se negaran a casarse con combatientes.

Cuando Hadiza y la niña de 12 años se acercaron a un punto de inspección, le atemorizó lo que pudieran hacer los soldados —en tan sólo los últimos tres meses de 2016, 13 niños de entre 11 y 17 años resultaron muertos después de que se pensó erróneamente que eran bombarderos suicidas.

Hadiza le dijo a la niña menor que esperara junto a un árbol a la distancia mientras ella les explicaba su situación a los soldados. Sabía que la niña generaría sospecha debido a que era demasiado joven como para caminar por una zona despoblada sin uno de sus padres.

Los soldados le creyeron y ayudaron a las chicas a quitarse sus cinturones explosivos antes de separarlas para cuestionarlas. Con el tiempo, Hadiza fue llevada a un campamento para personas desplazadas. Todavía no sabe dónde está su madre, o incluso si está viva. Pero su padre apareció en el campamento algunas semanas después que ella. Cuando le contó lo que sucedió, él lloró.

“Él nunca me rechazaría”, dijo. “Estaba tan feliz de que sobreviví”.

© 2018 The New York Times

 
 
 
 
 
 

 

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